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Esta exposición, organizada por el Museo Nacional del Prado, la Fundación Bancaria ”la Caixa” y el Museo de Bellas Artes de Bilbao y que podrá visitarse hasta finales de mayo, está compuesta por un total de 96 piezas que analizan los años de Goya como pintor de corte y entre las que se encuentran obras tan emblemáticas como La gallina ciega, La vendimia o El otoño, y El pelele.

Se trata de la primera exposición dedicada al pintor en Bilbao, por lo que se ha añadido aquí una sección especial sobre la extensión de la corte al País Vasco entre finales del siglo XVIII y principios del siglo XIX, que incluye 11 personajes vascos y navarros -y entre ellos, los magistrales retratos del conde de Cabarrús o del marqués de San Adrián.

Miguel Falomir, director del Museo Nacional del Prado; Manuela B. Mena y Gudrun Maurer, jefa de Conservación y conservadora, respectivamente, del Área de Pintura del siglo XVIII y Goya, del Museo Nacional del Prado; Ignasi Miró, director del área de Cultura de la Fundación Bancaria ”la Caixa”; y Miguel Zugaza, director del Museo de Bellas Artes de Bilbao, han presentado esta mañana en “Goya y la corte ilustrada”, una exposición en torno a la figura y la obra del pintor aragonés durante los años de su consolidación como pintor de la corte.

Coorganizada por el Museo Nacional del Prado, la Fundación Bancaria “la Caixa” y el Museo de Bellas Artes de Bilbao Goya y la corte ilustrada se exhibe al público a partir de mañana, tras su paso por CaixaForum Zaragoza. Comisariada por Manuela B. Mena y Gudrun Maurer, jefa de Conservación y conservadora, respectivamente, del Área de Pintura del siglo XVIII y Goya, del Museo Nacional del Prado, reúne 96 obras buena parte de las cuales (72, de las que 52 se corresponden con óleos y el resto, con documentación y artes decorativas) procede del Museo del Prado y a las que se unen 9 pinturas del Museo de Bellas Artes de Bilbao y préstamos del Museo de Arte de Ponce en Puerto Rico, el Museo de Zaragoza, la Fundación Colección Ibercaja, la Sociedad Económica Aragonesa de Amigos del País y diversas colecciones privadas.

Además del núcleo de lienzos y cartones de Goya, la exposición se completa con obras de otros pintores relevantes del siglo XVIII –como Luis Paret, Mariano Maella, José del Castillo, Luis Meléndez, Antonio Carnicero o Lorenzo Tiepolo–, que contextualizan su trabajo y ponen de manifiesto la genial originalidad del aragonés. Por último, se ha añadido correspondencia con Martín Zapater, así como miniaturas, estampas y varias piezas de artes decorativas.

Junto al extenso trabajo de restauración llevado a cabo con ocasión de la exposición, la investigación realizada aporta diversas novedades, como la presentación de un nuevo retrato y una miniatura de Martín Zapater, realizados por Goya y por Francisca Ifigenia Meléndez respectivamente, y la atribución a Agustín Esteve de una copia de un retrato perdido que Goya realizó a Ramón Pignatelli.

En Bilbao también se ofrecen novedades, como el lienzo Pantaleón Pérez de Nenín recién restaurado, así como la presentación contextualizada de la extraordinaria Vista de Bermeo de Luis Paret, recientemente adquirida por el museo.

La materialización de este gran proyecto se relaciona con el acuerdo de colaboración que suscribieron, en septiembre de 2015, la Fundación Bancaria ”la Caixa” y el Museo del Prado para intensificar la acción cultural conjunta que ambas instituciones ya venían realizando en los últimos años y que ha permitido organizar conjuntamente diversas exposiciones en toda España para acercar al público parte del rico legado artístico que custodia el Museo del Prado. Entre ellas, Goya. Luces y sombras y La belleza cautiva. Pequeños tesoros del Museo del Prado -en CaixaForum Barcelona-; o El paisaje nórdico en el Prado y Los objetos hablan.

Paralelamente al desarrollo de este programa expositivo, ambas instituciones pusieron en marcha en 2009 un proyecto educativo pionero, ”la Caixa” – Museo del Prado. El arte de educar, cuyo objetivo principal es atender las necesidades del colectivo escolar desde Educación Infantil a Bachillerato y contempla distintas modalidades de visita, así como un completo material de apoyo a las mismas, del que ya se han beneficiado más de 365.000 alumnos.

La exposición

Tras formarse en Zaragoza e Italia, Francisco de Goya (Fuendetodos, Zaragoza, 1746 – Burdeos, 1828) se instaló en Madrid en 1775 y llegó a la corte de Carlos III para colaborar en los cartones para tapices con temas de caza para El Escorial. Su reconocimiento llegaría años después al ser nombrado, primero, pintor del rey (1786) y, más tarde, primer pintor de cámara (1799). Pero a pesar de su éxito en la corte, Goya no interrumpió la relación con su Zaragoza natal. La correspondencia con Martín Zapater, amigo de infancia, ilustra en gran medida esa relación con su círculo de familiares y amigos, al tiempo que aporta información fundamental sobre su desarrollo profesional. El préstamo extraordinario por parte del Prado de 13 cartas originales ofrece el contrapunto documental al Goya pintor de corte. Ésa es, precisamente, la tesis de esta exposición, que transita entre el éxito del pintor en las cortes de Carlos III y Carlos IV, y el recuerdo persistente de sus orígenes a través del contacto con sus íntimos.

“Zaragoza/Corazón/Zaragoza/Zaragoza”

Nacido en el pequeño pueblo de Fuendetodos, Goya creció en Zaragoza, donde residían sus padres y donde vivió modestamente hasta 1775. Casado en 1773 con Josefa Bayeu, hermana de Francisco, pintor de cámara de Carlos III, de Ramón y de fray Manuel Bayeu, también pintores, marchó a Madrid invitado por su cuñado para iniciar la carrera cortesana que había ambicionado desde joven. A su formación con José Luzán en Zaragoza (1760-1764), siguió su intento fallido (1762) de ganar una beca de la Academia de Bellas Artes de San Fernando y, más adelante, (1766), el premio de pintura, que tampoco obtuvo. Marchó a Roma por sus propios medios (1769-1771) para estudiar en la Academia del Dibujo, y a sus veintitrés años, nada más regresar de Italia, recibió varios encargos de importancia, como las pinturas murales del coreto de la basílica del Pilar o de la iglesia de la cartuja de Aula Dei, además de un significativo número de pinturas religiosas para distintos patronos.

Artistas, arquitectos, escultores y mecenas de la aristocracia, así como amigos comerciantes o protagonistas de las empresas económicas de ese tiempo, como Martín Zapater, Juan Martín de Goicoechea, Ramón Pignatelli y muchos otros, mantuvieron los vínculos del artista con Zaragoza, cuyo recuerdo permaneció siempre en su memoria hasta los años finales en Burdeos.

Goya y Madrid, 1775. La caza

Establecido con su familia en Madrid en 1775, su primer trabajo fueron nueve cartones para tapices con escenas cinegéticas con destino a la decoración del palacio de El Escorial. Goya era aficionado a la caza menor, la “mayor diversión en todo el mundo”, que compartía con Martín Zapater, según revela la correspondencia entre ambos, que gozaban del privilegio de acceder a esta actividad, hasta entonces reservada a la familia real, la nobleza y el clero.

Ese cambio social, en la que la burguesía ganó relevancia también en el Gobierno, se refleja en los retratos oficiales de la época y en las pinturas con asuntos de caza, como los cartones de Goya, en que aparecen protagonistas de clases más humildes ennoblecidos con referencias clasicistas. Por su parte, el bodegón de caza se distingue por la representación realista del trofeo que, hasta entonces, había tenido un carácter más simbólico.

La corte ilustrada: puntos de encuentro

Madrid había alcanzado su apogeo desde que en 1700 subió al trono la dinastía Borbón, procedente de Francia, y heredera de la grandeza y modernidad de Luis XIV. Para entonces, habían reinado tres monarcas: Felipe V y sus hijos con María Gabriela de Saboya, Luis I y Fernando VI. En 1775 reinaba Carlos III, hijo de Isabel de Farnesio. Monarca ilustrado, rodeado de ministros de ideas avanzadas –Esquilache, Campomanes o Floridablanca– continuó la modernización de la ciudad y el reino, desarrolló la industria y el comercio, y ordenó las clases sociales en donde se definían por primera vez la incipiente burguesía y un pueblo que disfrutaba de mejores posibilidades de trabajo.

Las artes recibieron también el impulso de la corona con la creación de las academias de bellas artes, la invitación de artistas y arquitectos extranjeros, como los refinados retratistas franceses, Houasse, Ranc y Van Loo; los creadores de composiciones mitológicas procedentes de Italia, como Giaquinto y Tiepolo; y los arquitectos del nuevo palacio real, como Filippo Juvara y Giovanni Battista Sacchetti, y Francesco Sabatini ya a mediados del siglo, así como los de otras empresas dirigidas por Juan de Villanueva. Exquisitos pintores del rococó, como Flipart, Amigoni y Paret, dieron paso al neoclásico Anton Raphael Mengs, con quien ya en el decenio de 1770 tomaron el relevo los jóvenes artistas españoles, y entre ellos la figura genial de Goya. La amistad y el éxito Diez años después de su llegada a la corte, Goya fue nombrado pintor del rey en 1786.

En 1780 había sido elegido académico de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando y poco después marchó a Zaragoza para hacerse cargo de los frescos de la cúpula de la basílica del Pilar. No gustaron y la junta de obras le obligó a aceptar las correcciones de Francisco Bayeu. La humillación para quien era ya académico fue grande y Goya regresó a Madrid para no volver a trabajar ya en su ciudad. Tampoco recibió nuevos encargos reales, porque dependían de Bayeu, pero el artista salió adelante con el apoyo del secretario de Estado, Floridablanca, de algunas figuras significativas, como el infante don Luis de Borbón o los duques de Osuna, y de intelectuales como Jovellanos y Ceán Bermúdez.

En 1789 Goya ascendió finalmente a pintor de cámara; poco después le decía a su amigo Zapater: «del rey abajo todo el mundo me conoce». En 1790 viajó por sorpresa a Zaragoza y se reencontró con su amigo, a quien retrató entonces, y una vez más, en 1797 en el cuadro de Bilbao, como miembro destacado de la sociedad aragonesa, lejos ya, como el propio Goya, de sus años de penurias.

En la que se ha llamado “década prodigiosa”, el artista acrecentó su fama y pintó para los miembros más destacados de la aristocracia y de la política. Como pintor oficial de Carlos IV y María Luisa, pintó también sus retratos.

El refinamiento femenino en el siglo XVII

El concepto de refinamiento se desarrolló en España durante la segunda mitad del siglo xviii relacionado con la idea de civilización. Suponía un deseo de elevación a través de los modales, las costumbres y los gustos, y se manifestó en los nuevos usos sociales y en la indumentaria. Se generalizaron las tertulias y veladas, las fiestas, bailes, teatros y paseos, actividades que hicieron que las mujeres comenzasen a poblar los espacios públicos. En este contexto, la indumentaria desempeñó un papel esencial, no sólo para hacerse visible en sociedad sino como signo de las costumbres civilizadas. Estos cambios, afectaron a todos los niveles sociales que, gracias a la democratización del vestido y a la comercialización de telas cada vez más asequibles, empezaron a confundirse entre sí, lo cual dio lugar a un juego de apariencias que intentaría solucionarse mediante la propuesta, fallida, de creación de un “traje nacional”. En los retratos y escenas de esta sección, protagonizados por nobles, majos y petimetras, se recorre la evolución de la moda, desde la exquisitez y profusión decorativa del Rococó hasta la simplicidad de tintes revolucionarios del Neoclasicismo.

Retratos de vascos y navarros

Al tratarse de la primera exposición dedicada a la pintura de Goya en Bilbao, el museo ha hecho un esfuerzo especial para presentar una sección propia en la que se pone de manifiesto la extensión de la corte al País Vasco, entre finales del siglo XVIII y principios del siglo XIX. Se incluyen aquí 11 personajes vascos y navarros retratados por Goya en estos años, una galería de personajes del mundo político, comercial y militar de la época: Miguel de Múzquiz y Goyeneche, marqués de Villar de Ladrón y conde de Gausa –ministro de Hacienda y promotor, en 1782, del Banco de San Carlos–; El general don José de Urrutia –único militar de su siglo en alcanzar ese grado por méritos propios y no por pertenecer a la nobleza–; el retrato en pareja de Martín Miguel y Juana Galarza de Goicoechea, consuegros de Goya de ascendencia navarra, o el de Leocadia Zorrilla, protegida y ama de llaves de Goya en sus años finales en Burdeos.

Entre el retrato del conde de Gausa, de hacia 1783 que todavía sigue ciertos convencionalismos, y el de Joaquín María Ferrer y Cafranga, uno de sus últimos retratos pintado en 1824, se aprecia una extraordinaria introspección psicológica, pero al mismo tiempo se hace evidente una importante evolución donde sale a la luz el verdadero genio, capricho e invención de Goya.

Imágenes:

Ascensión de un globo Montgolfier en Aranjuez Antonio Carnicero Óleo sobre lienzo, 169 x 279, 5 cm Madrid, Museo Nacional del Prado.
La vendimia o El otoño Francisco de Goya Óleo sobre lienzo, 267,5 x 190,5 cm 1786 Madrid, Museo Nacional del Prado.
El pelele Francisco de Goya Óleo sobre lienzo, 267 x 160 cm 1791-1792 Madrid, Museo Nacional del Prado.
Bodegón con pichones, cesta de comida y cuencos Luis Egidio Meléndez Óleo sobre lienzo, 50 x 36 cm Tercer cuarto del siglo XVIII Madrid, Museo Nacional del Prado.

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