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El Museo de América acoge desde el próximo lunes, 29 de octubre, la exposición ‘La hija del Virrey. El mundo femenino novohispano en el siglo XVII’. La muestra será inaugurada por el director general de Bellas Artes, Román Fernández-Baca.

Comisariada por Andrés Gutiérrez Usillos, la exposición parte de un retrato localizado en el Museo del Prado que representa a dos personajes femeninos: una dama ricamente vestida, junto una mujer indígena de pequeña estatura y el rostro totalmente tatuado.

Con la investigación documental se ha podido determinar que la obra se recogió, durante la Desamortización, en el Convento de Ntra. Sra. de la Salutación, donde profesó como monja de Velo Negro y Coro, María Luisa de Toledo, y reconstruir el excepcional ajuar que esta dama trajo de México.

Sobre el personaje acompañante, sus marcas indelebles en el rostro y el tono de la piel sugerían que se trataba de una mujer indígena. El valor exótico de estos rasgos era complementado por su estatura, pues se trataba de una mujer enana. Por el tipo de tatuajes, sabemos que procedía del área chichimeca, en la frontera norte de la Nueva España.

Dos universos femeninos a través de los ajuares
La exposición temporal muestra los dos universos femeninos a través de los ajuares: la Corte de México frente al mundo indígena chichimeca y la convivencia de ambos. La muestra se ha organizado en las siguientes áreas temáticas:

-La piel en el viaje
Trasladarse entre las dos cortes, Madrid y México podía llevar varios meses, en unas condiciones muy duras, y más aún cuando se trataba de organizar el traslado de una casa nobiliaria, como hacían los virreyes rodeados de criados, bultos y equipajes. Los diferentes tipos de petacas y arquetas de cuero, unas mexicanas y otras andinas, introducen en torno a las problemáticas de este viaje.

-Lujo asiático en la corte virreinal
La llegada a México de la familia virreinal suponía el inicio de una nueva etapa en la Corte, como representantes del monarca, en la que el lujo, la ostentación, la demostración del poder, el protocolo, las relaciones, se convertían en aspectos esenciales para su funcionamiento. El palacio virreinal, ilustrado en el magnífico biombo del Museo de América, se complementa con aquellos objetos que llegaban a México a través del Galeón de Manila procedentes de Asia: mobiliario de estilo namban de Japón, porcelanas o sedas chinas. En ese palacio, los marqueses de Mancera recibieron como menina a Juana de Asbaje, más tarde Sor Juana Inés de la Cruz, que debió compartir estrado con la protagonista del retrato.

-Esplendor del arte novohispano
Pueden contemplarse muebles de taracea de Villa Alta, costureros de carey, bateas lacadas de Peribán, cerámicas o barros de Guadalajara de Indias, etc. Uno de los elementos esenciales es el chocolate y la parafernalia en torno a su consumo: molinillos de madera, jícaras, mancerinas, etc.

– Un universo mágico para los sentidos
En el ajuar de María Luisa figuran elementos vinculados con la obsesión por los olores: algalia, ámbar gris, copal, etc., así como pomas, quemadores, incensarios, perfumadores, y otros relacionados con la protección mágica y simbólica: copas de cuerno de rinoceronte, caracolas de nácar, piedras bezoares, pezuña de la gran bestia, sirenas, higas, etc. que, en el fondo, pretendían unos y otros, defenderse de un entorno hostil.

– Espacios para la devoción
El oratorio de la familia de María Luisa estaba presidido por una Inmaculada de Herrera el Mozo, que se trasladó al convento de Constantinopla cuando ella ingresó como monja y hoy forma parte, tras una historia más complicada, de los fondos del Museo Nacional del Prado. Ese espacio tenía su propio ajuar, que incluía desde casullas, frontales de altar, hasta platería. Pero además, la dama dejó un oratorio portátil, donde suponemos se colgaba un enconchado de la Virgen de Guadalupe, que refleja su gusto por los materiales americanos, entre los que contaba además cuadros de plumas con representación de santos y otros objetos para la devoción.

– En la frontera… de la marginalidad: indígena, mujer, enana y tatuada
El otro personaje retratado en el lienzo es la mujer indígena sobre la que se articula el resto de esta exposición, pensado como un contrapunto a la primera parte. Su ajuar es sencillo, ligero y práctico. En él se pueden contemplar arcos, carcajs, en el mundo masculino, frente a los cestos femeninos, el omnipresente tocado de plumas, etc.

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