Leovigildo.Unidad y diversidad de un reinado

Discurso leído el día 1 de junio de 2008 en la recepción pública del Excmo. Sr. D. Luis A. García Moreno y contestación por el Excmo.Sr.D. Luis Suárez Fernández

EXCELENTÍSIMO SEÑOR DIRECTOR SEÑORAS Y SEÑORES ACADÉMICOS

Es norma que cuando un nuevo miembro ingresa en esta casa exprese la emoción que le embarga y las dudas que le turban por si sabrá hacerse merecedor de la confianza que depositaron en él, en primer lugar, los académicos que propusieron su nombre, y aquellos que le eligieron, también.
Quisiera decir a todos y a cada uno cuánto he aprendido con la lectura de sus libros, la escucha de sus conferencias, y cuánto he intento mejorar con la observación de su humana conducta. Pero no quiero ruborizar su humildad intelectual y espero tener tiempo para demostrárselo. Sin embargo hay cinco personas que sí quisiera mencionar expresamente, y por obvias razones. Se trata de los Profesores Anes, Benito, Suárez, Escudero y Valdeón. Director y Secretarios de la Academia los dos primero, y firmantes de este nuevo miembro los segundos.
Don Gonzalo Anes, nuestro director, merece unas particulares palabras de cariño y de respeto. De lo segundo porque es admirable la destreza y discreción con la que guía la nave académica, como he tenido ocasión de apreciar como miembro correspodiente de esta casa. Y en tal orden encontré siempre en Don Eloy Benito no sólo a un escrupuloso secretario sino también a un generoso amigo. Quisiera hablar del profesor Suárez Fernández, verdaderamente don Luis para mí. Pero la emoción que siento al hacerlo dificulta mucho mis palabras. Y soy consciente que ni de lejos se aproximarán al merecido elogio y al profundo agradecimiento que me inspiran. Cuando hace pocos años la vida me deparó encontrarme con el Dr. Escudero saber que me conocía y apreciaba literariamente produjo en mí un sentimiento muy especial. Desde entonces me ha dispensado una inmerecida amistad, con pruebas innumerables. El contacto con la escuela medievalista vallisoletana hizo que conociera dos facetas, a cual más estimable, del Dr. Valdeón: su entrañable disponibilidad a la ayuda y sus dotes pedagógicas. Lo primero explica sin duda su apoyo a mi persona.
Debo, finalmente, referirme a otras personas que tienen mucho que ver con que pueda estar hoy aquí. En primer lugar a mis padres, Luis y Julia. Ellos, además de darme la vida y un amor infinito, me enseñaron dos cosas que marcaron mi futura vida intelectual: las lenguas latina y griega, y la cotidianidad con los antiguos griegos y romanos. Debo recordar también al Dr. Núñez Noguerol, mi profesor de Historia en el Instituto de Enseñanza Media de Almería. Es un deber dedicar un recuerdo al profesor Vigil, fallecido prematuramente. Aunque la vida nos distanció después, él fue el maestro que me condujo al estudio de la Antigüedad, e incluso más concretamente de la España goda. También debiera recordar aquí a tantos profesores y compañeros, primero en los cursos de Filología Clásica, en Granada, luego en los de doctorado de Salamanca, y en los sucesivos claustros de la Autónoma de Madrid, Santiago, Complutense, Zaragoza y, finalmente, Alcalá. A todos les debo tanto y son tantos, que ni siquiera puedo nombrarles por temor a olvidarme de alguno. Aunque es de justicia hacer una mención especial de los profesores Codoñer Merino y Blázquez Martínez. A los dos les debo su atención desinteresada en momentos difíciles para mí.
Y finalmente mi familia más cercana. Pues creo firmemente que es gracias a la familia como más fácil y naturalmente un hombre puede desarrollar lo mejor de sí mismo. Mi esposa, Elena, que comparte conmigo todas las cosas, menos las de los godos, que no le gustan especialmente. Mis hijas, Silvia y Paloma, cuyo sentido del trabajo y de la responsabilidad han permitido que casi todos mis esfuerzos pudieran dedicarse al cultivo de la Historia.

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Es para mí tarea gratísima cumplir con la piadosa norma académica de recordar en este momento a mi antecesor en la medalla XXXVI: el profesor D. José María Jover Zamora. Aunque soy consciente de que me quedaré muy corto en la exposición de sus méritos, aunque los limite al campo de la Historia, pues éstos han sido muchos y muy variados.
Nació D. José María Jover en Cartagena, el 5 de junio de 1920. Tras cursar el bachillerato en su ciudad natal, inició sus estudios de Filosofía y Letras en la Universidad de Murcia, finalizándolos en la de Madrid en 1942. Su Tesis “1635 Historia de una polémica y semblanza de una generación”, que le valió también el Premio Menéndez Pelayo del CSIC, marca lo que habría de ser objeto principal de su quehacer como historiador durante los años siguientes.
La impronta de los Annales , y especialmente de Braudel, le marcaría profundamente tras su asistencia al X Congreso Internacional de Ciencias Históricas, celebrado en Roma en 1955, aunque en absoluto de una manera exclusiva. Pues Jover se esforzó, a pesar de las dificultades de la España de la época, en tomar contacto con otras escuelas y tradiciones historiográficas, como la alemana y la inglesa, con estancias de estudio e investigación en el extranjero. Para esas fechas el profesor Jover ejercía su entusiasta y creativa actividad investigadora y docente –pues siempre fue un generoso maestro- en la Universidad de Valencia, cuya cátedra de “Historia Universal Moderna y de España”, que había ganado por oposición en 1949. En la luminosa ciudad del Turia pasó Jover quince años, decisivos en su vida, en lo humano y en lo intelectual. Allí, en 1956, contrajo matrimonio con la también historiadora Guadalupe Gómez-Ferrer Morant, que por el resto de sus días habría de ser esa gran mujer que hay detrás de todo gran hombre. Varios de sus trabajos de aquella época, reunidos finalmente con el título de “Carlos V y los españoles”, en 1963 obtuvieron el Premio Nacional de Literatura para estudios históricos.
Un año después el profesor Jover ganó por oposición la cátedra de Historia Moderna de España de la Universidad de Madrid, pasando a la de “Universal Contemporánea” en 1974. Sería en Madrid donde el historiador ya maduro, pero en la plenitud de sus habilidades e inquietudes, acabó por trasladar su esfuerzo investigador al siglo XIX, al mundo de las complejas relaciones entre el poder político, la estructura social y la representaciones mentales de las mismas.
La utilización dialéctica de la historia de las mentalidades y de la sociología política permitió al profesor Jover escribir algunas de sus principales contribuciones sobre el XIX español, destacando en 1986 su magistral introducción al tomo XXXIV de la “Historia de España” fundada por Menéndez Pidal, dedicado al período 1834-1874. En 1975 el profesor Jover se encargó de la dirección de esta obra, destinada a constituir la gran síntesis de la historia española, pero que estaba inconclusa. Gracias a sus desvelos la tarea se pudo terminar, con la publicación al fin de los nada menos que cuarenta tomos que constituyen hoy la colección.
En 1978 don José María Jover fue elegido académico numerario de la Real de la Historia. Ingresó en ella el 28 de marzo de 1982, pronunciado en la ocasión un discurso magistral sobre “La imagen de la primera república en la España de la Restauración”. Sería la temática del fin de siglo, de la crisis del 98 y sus derivadas, la que absorbería lo principal de la investigación de don José María Jover en la última etapa de su vida. En el 2000 nuestro llorado predecesor obtuvo el Premio de la Universidad Menéndez Pelayo. El profesor Jover fallecía el 14 de noviembre del 2006. Desde donde quiera que esté seguro que nos sigue brindado su ayuda como siempre hizo en vida. Sin duda su ejemplo y estímulo me servirán para cumplir, aunque sólo sea en parte, con lo que esperan de mí en esta nueva responsabilidad académica.

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Para empezar a cumplir con tales expectativas he elegido un tema de la historia hispanovisigoda tan querida para mí: “Leovigildo. Unidad y diversidad de un reinado”.
La visión que la historiografía moderna ofrece del gran monarca godo y de su reinado en bastante medida hunde sus raíces en el cuadro trazado por Jiménez de Rada.
Pero la verdad es que al realizar una semblanza de Leovigildo llena de contrastes el buen arzobispo no se había apartado mucho de la que hizo el propio Isidoro de Sevilla, según el cual “el error de la impiedad ensombreció en él la gloria de tan grandes virtudes”.
No debe extrañar así que en las interpretaciones del reinado de Leovigildo de la Historiografía moderna, desde mediados del siglo XIX, haya sido norma dividirlo en dos partes, separadas precisamente por el estallido de esa riña familiar. De manera que esta última y sus consecuencias habrían servido para poner en tensión la pluralidad de fuerzas y tendencias que existían tanto en la Península ibérica en su conjunto como en el mismo seno del reino godo. Germanismo y romanismo, personalidad y territorialidad del derecho, catolicismo y arrianismo, monarquía y nobleza, reino godo o Bizancio, serían las más principales. Sin embargo nuestra investigación va a demostrar que eran anteriores a ese momento algunas de las grandes tensiones, y no la menos importante el conflicto entre un arrianismo étnico identitario de la monarquía goda y el catolicismo profesado por la gran mayoría de la población del reino. La otra pregunta esencial que quiero contestar hoy gira en torno a si el comienzo de la definitiva construcción de la nueva síntesis resolutiva se inició ya con el propio Leovigildo, o por el contrario sería sólo obra de Recaredo, su hijo y sucesor, con su conversión católica del 589.

Los orígenes familiares de Leovigildo.-
El regio linaje de Leovigildo es uno de los mejor documentados de la historia hispanovisigoda. Y afortunadamente la investigación antroponímica permite ofrecer más y muy importantes datos.
La familia de Leovigildo debía tener sus raíces en Septimania. Lo que explicaría las circunstancias en que se produjo su asociación al trono por su hermano Liuva I, tras un año de reinado en solitario. Liuva se había hecho con el poder real godo en Narbona a finales del 567, más de cinco meses después de la muerte en Toledo de su antecesor Atanagildo.
La subida al trono de Leovigildo.-
La pertenencia del linaje de Leovigildo a la nobleza ostrogoda y greutunga, con algún grado de parentesco incluso con los Amalos, y sus fuertes raíces septimanas explican su conquista de la corona visigoda, pero también permiten comprender las dificultades que tuvo que enfrentar para ello y para consolidarse en un primer momento como rey. Incluso estaría en el origen de algunos otros condicionantes que perduraron a lo largo de todo su reinado, como serían la autonomía y poder del que gozó en todo momento la reina Gosvinta, viuda de Atanagildo y segunda esposa de Leovigildo.
Desgraciadamente la muerte de Atanagildo cortó de raíz ese todavía precario proceso de estabilización. Durante cinco largos meses la corona goda careció de titular. De nuevo debió aparecer la fundamental división entre la antigua nobleza visigoda, ligada a la familia de Atanagildo, el último Balto, y la de origen greutungo y ostrogodo; la primera con más fuerza en los territorios hispánicos, especialmente en el valle bético, y la segunda en la lejana pero aguerrida Septimania. La final designación de Liuva en Narbona a finales del 567 significó el triunfo de la segunda.
Afianzado su poder en Septimania la siguiente prioridad para Liuva era restablecer los lazos con aquellas casas nobiliarias que otrora habían apoyado a Atanagildo, especialmente fuertes en las tierras peninsulares del reino godo. Tras más de un año de reinado en solitario, a finales del 569, Liuva asoció al trono a su hermano Leovigildo, con igualdad de derechos y con la atribución para su gobierno de una parte sustancial de los territorios hispánicos del reino godo. El Biclarense vincula también este trascendental hecho con el matrimonio de Leovigildo con Gosvinta, la viuda de Atanagildo.
Por otro lado Leovigildo accedía a este matrimonio como viudo también de una anterior unión, de la que quedaban dos varones: Hermenegildo y Recaredo. Es más, el elemento onomástico Recc- permite relacionar su linaje materno nada menos que con los posteriores reyes Quindasvinto († 653) y Egica († 702), por no hablar de los más cercanos Sisebuto († 621) y Suintila (621-629).
Los primeros años de reinado de Leovigildo (570-572): éxitos y decepciones.-
Dado este lamentable estado de la monarquía visigoda el primer objetivo de Leovigildo al ser asociado a la corona sería doble. Por un lado tenía que terminar con las situación de rebelión e independencia al poder real godo, siempre en el área territorial a él asignada. Y, por otra parte, debía restablecer cuanto antes el maltrecho tesoro real. Exitosas campañas contra los bizantinos posibilitaron en 572 la conquista de Córdoba y la recuperación del tesoro real godo perdido doce años antes.
Leovigildo único rey. Seis años triunfales (573-578).-
Desde principios del 573 hasta los primeros meses del 579 Leovigildo vivió uno de los periodos más brillantes de su reinado. Convertido en único soberano del reino godo en una serie de éxitos militares sucesivos consiguió recuperar una parte de los territorios peninsulares que habían escapado al control de la monarquía goda como consecuencia de la crisis desatada por la pérdida del tesoro real y la guerra civil entre Ágila y Atanagildo. La excepción la constituiría la provincia bizantina de España. A pesar de que Leovigildo no lograra arrancar a los imperiales un número importante de plazas fuertes y ciudades, sí lograría en estos años poner bases muy firmes para futuros ataques.
Pero esos seis años de anuales campañas militares pondrían también de manifiesto que para Leovigildo la guerra no era un fin, sino un medio para conseguir sus principales objetivos. Y estos no eran otros que los de asentar una nueva gothica pax en las Españas sobre una monarquía goda poderosa. Que por una parte uniese a todos los grupos y facciones de la nobleza goda y por otro ofreciera a los grupos dirigentes hispanorromanos, con la jerarquía eclesiástica católica en primer plano, unas bases de convivencia que les permitieran ver en la monarquía y soberano godos los auténticos representantes y herederos del Imperio y de los emperadores romanos, abandonando cualquier afecto hacia la causa bizantina. Instrumento importante para ello sería la imperialización de la monarquía, en la corte y en la administración. La fundación de la nueva ciudad regia que habría de llamarse Recópolis marcó sin duda el acmé de ese proceso. Pero todo ello tenía que hacerse sin que la monarquía goda perdiera su carácter étnico, para lo que resultaba fundamental la continuidad de la fe arriana del rey y de sus colaboradores de la nobleza goda. Una unidad, en definitiva, que mantenía la diversa identidad de sus partes constitutivas. Precisamente la contradicción que a la larga encerraba ambos objetivos contribuiría decisivamente al estallido de la crisis del 579, con la rebelión de Hermenegildo, y la necesidad de modificar el discurso ideológico-religioso.
Leovigildo: ¿un Justiniano godo o un nuevo Teoderico el Amalo?.-
Juan de Bíclaro dedica a Leovigildo y al reino godo la entrada principal de su crónica para el año 578, con la siguiente declaración solemne: “El rey Leovigildo, aniquilados los rebeldes de uno y otro lugar, y vencidos los invasores de España, entregado a su propio solaz descansó en compañía del pueblo, fundó una ciudad en Celtiberia que, en razón del nombre de un hijo, se llama Recópolis; y adornándola con admirable fábrica en sus murallas y arrabales estableció privilegios para la población de la nueva ciudad”.
La fundación de ciudades había sido una prerrogativa de los emperadores romanos, constituyendo objeto de vanagloria, siguiendo el modelo iniciado por el gran Alejandro. La utilización de la base onomástica de su segundo hijo, Recaredo, venían a señalar precedentes del gran emperador Justiniano. Por el contrario entre los soberanos romano-germánicos sólo existían dos precedentes: del vándalo Hunerico en Hadrumeto y del gran Teoderico el Amalo. En 578 Leovigildo se encontraba en una situación que tenía semejanzas con las de Justiniano y con las de los otros dos reyes romano-germánicos. Las excavaciones realizadas durante el último cuarto se siglo en las ruinas de Recópolis están manifestando la importancia y singularidad del proyecto godo, que venía a celebrar los decennalia del soberano.
La communis y acertada opinio ha sido explicar en virtud de esta imitatio de Bizancio la asociación en la realeza de Hermenegildo y Recaredo por su padre. El Biclarense fecha esta medida en 573, unos meses después del fallecimiento de Liuva y la reunificación de todo el reino en las manos de Leovigildo.
Esta imperialización de la monarquía goda también se reflejó en otras decisiones adoptadas por Leovigildo, y de las que informa Isidoro de Sevilla. El obispo hispalense en su “Historia de los godos” recuerda que Leovigildo fue el primero de los reyes visigodos en usar vestimenta regia y presentarse sentado en un trono. A diferencia de la vestimenta llevada por los grandes reyes Baltos del siglo V, que no se distinguía de la de sus nobles y tenía un claro aire étnico, Teoderico el Amalo sí había utilizado elementos exclusivos de la vestimenta imperial tras su devolución por Constantinopla en 497, por lo que pudo ser la fuente principal de inspiración de Leovigildo.
La acuñación de moneda a su propio nombre sería otro de los aspectos de esa imperialización de la monarquía goda que Leovigildo instauró en este momento de reposo de sus acciones bélicas. Y no estará de más recordar que las monedas de oro, de un enorme valor adquisitivo, tenían en esta época otras finalidades de carácter político e ideológico, y no meramente económico.
Evidentemente que todo proceso de imperialización de la monarquía goda y de reforzamiento del poder real frente a la nobleza y aristocracias goda e hispanorromanas tenía que tener un correlato religioso. Y éste no podía ser otro que un cierto cesaropapismo. En el caso de Leovigildo y la monarquía goda la supeditación de la Iglesia al poder real forzosamente tenía que desembocar en un estrechamiento de la identificación entre rey y reino godos e iglesia goda arriana. El arrianismo godo históricamente había servido para consolidar ideológicamente a la original “monarquía militar” balto-goda, contribuyendo a mantenerla distinta de la mayoría de la población provincial católica una vez se produjo el asentamiento godo en Aquitania.
Ya en fechas tempranas, en el 572 y 573, Leovigildo había tenido desencuentros con sendos miembros de la jerarquía episcopal católica de su reino, como eran Domnino de Elna y Masona de Mérida. Aunque en ambos casos se daban circunstancias especiales. Evidentemente la imperialización y reforzamiento del poder regio de Leovigildo en el año de sus decennalia podían soportar menos que antes notorias disidencias en la dependiente homogeneidad arriana de los godos. Sin duda a ello se debería el choque que en ese año hubo entre el rey y Juan de Bíclaro.
La rebelión de Hermenegildo y la nueva política de Leovigildo.-
Al finalizar así el año de las celebraciones de sus decennalia Leovigildo aparentemente se encontraba en la cúspide de su poder. Sin embargo tan brillante realidad ocultaba importantes fisuras, y en si misma encerraba una contradicción intrínseca muy peligrosa.
Sin embargo hacia falta la chispa, una coyuntura política favorable para que salieran a la luz los enemigos de Leovigildo de ambos lados, y pusieran de manifiesto la contradicción estructural de ese tipo de monarquía. Casualidades o no de la Historia, como en el caso de la crisis final del reinado del gran Teoderico, también aquí la chispa que produjo el incendio fue un problema dinástico.
No es este el lugar apropiado para hacer un análisis completo de los múltiples interrogantes y problemas que plantea al estudioso la rebelión y trágico destino de Hermenegildo, que ha dado origen a muchas páginas, algunas de verdadera investigación histórica, otras muchas más de apologética.
Todo empezaría con lo que parecía ser la culminación de un aniversario triunfal: la realización de sendas alianzas dinásticas con las casas reinantes en Austrasia y Neustria. La jugada parecía maestra, pero muy pronto mostró sus puntos débiles. El primero sería la imposibilidad de poderse celebrar el matrimonio de Recaredo en paralelo con el de su hermano mayor, mientras que el de Hermenegildo se celebró ya a finales del 578 o principios del siguiente año. El matrimonio sin duda contaba con el mayor de los apoyos de Gosvinta, que por esta vía podía esperar ver continuados su linaje y dinastía en el trono visigodo. Para el joven Hermenegildo la boda venía a fortalecer su posición sobre la de su hermano menor, en vista de una futura desaparición de Leovigildo.
El mejor medio para preparar el futuro consistía en conseguir que su hasta entonces teórica asociación al trono se convirtiera en gobierno efectivo sobre una porción territorial del reino godo, que abarcaba como mínimo las tierras de la provincia bética controladas por el reino godo.
Aunque el pasaje de la crónica de Juan de Bíclaro ha dado lugar a las más variadas, y a veces peregrinas, interpretaciones lo cierto es que de él se deduce con seguridad que, habiendo transcurrido menos de un año desde su matrimonio, Hermenegildo se rebeló contra su padre, habiendo colaborado en ello su suegra, la reina Gosvinta. Y todo ello debiera ser la consecuencia lógica de la conversión de Hermenegildo en cabeza viril de la casa de los Baltos, lo que exigía un proceso de “adopción” (Versippung) de este linaje por aquél, reconociendo su superioridad. La prueba de que Hermenegildo cumplió este requisito la tenemos en el nombre del hijo que tuvo de Ingunda: Atanagildo.
Ni Juan de Bíclaro ni ambos Gregorios, el de Tours y el Papa, especifican en qué consintió la rebelión de Hermenegildo. Lo que no ha dejado de plantear debates más o menos fundados, puesto que Hermenegildo hacía años que había sido asociado al trono por su padre e incluso se le había entregado el gobierno de un concreto territorio. Sin duda la solución al problema tiene que encontrarse tanto en las concepciones romanoimperiales como godo-germánicas en que se asentaba la realeza visigoda y el consortium regni otorgado a Hermenegildo.
Gregorio Magno informa de que habría sido el obispo hispalense Leandro quien convenciera a Hermenegildo de dar un paso decisivo, que suponía ya la ruptura con cualquier dependencia respecto de su padre: su conversión a la fe católica. Leal a la familia de Atanagildo Leandro aconsejó lo que le parecía la mejor, y posiblemente única, política para que la rebelión Balta tuviera éxito: levantar la bandera de la fe católica frente a los herejes Leovigildo y Recaredo, y buscar la alianza y el apoyo militar del Imperio. Esto último era repetir la experiencia del bisabuelo de Ingunda, Atanagildo.
Hace ya años el añorado latinista Díaz y Díaz, que Dios se ha llevado a su casa este mismo año, vio en la extraña, por única, leyenda “regi a Deo vita” de algunas monedas de Hermenegildo el recuerdo de la salutación que habría recibido en la ceremonia de su coronación. Y me atrevo a proponer que lo acaecido en una basílica sevillana a finales del 579, con la conversión solemne y coronación católica, con la unción por el crisma, de Hermenegildo de manos de Leandro habría sido el modelo de una semejante ceremonia también protagonizada por el obispo hispalense casi diez años después en otra iglesia de Toledo y en beneficio esta vez del otro hijo de Leovigildo, Recaredo.
La superación del modelo de monarquía étnica, aunque con una fuerte impronta protobizantina, de los decennalia de Leovigildo había sido completa. Pero sin duda también se había rebasado la simple sustitución del predominio político de la aristocracia de origen ostrogodo, que representaba Leovigildo, y la marginación completa de Recaredo, por la reinstauración de un legitimismo visigótico Balto. Pero todavía eran muy mayoritarios los nobles godos que consideraban su fe arriana uno de los principales rasgos de identidad étnica.Y desde luego que esa fe arriana constituía el hecho religioso principal que legitimaba al linaje de los Baltos para detentar la realeza de los godos. Por último, pero no menos, este paso dado por Hermenegildo debió incomodar un tanto a Gosvinta. En esas circunstancias es lógico que ésta optara por mantenerse al lado de su marido Leovigildo en un discreto e incómodo segundo plano.
Por otro lado el levantar la bandera de la ortodoxia católica parecía un buen aval para explicar una alianza militar con el Imperio. Sería entonces cuando el propio obispo sevillano, haciendo de tripas corazón, viajaría a la ciudad imperial para tratar de sellar allí una alianza, que dispusiera no sólo el apoyo militar bizantino al rebelde sino también el diplomático. Lo que sabemos del curso posterior de los acontecimientos demuestra que el gobierno imperial no hizo oídos sordos a la petición de apoyo de Hermenegildo. Aunque la duración de la legación constantinopolitana del obispo Leandro es indicio de que tanto por una como otra parte no se cedía lo suficiente como para llegar a un rápido acuerdo.
Sin duda una de los mejores maneras de comprobar el apoyo y oposición a Hermenegildo, ya dado el paso decisivo de su conversión, es el análisis de los territorios que se levantaron con él contra la hegemonía de Leovigildo. Desde los primeros momentos parece seguro que Hermenegildo vio reconocida su plena soberanía en la mayor parte, si no en todo, el rico y poblado territorio del valle bético y en una parte de la Lusitania, con la ciudad de Mérida incluida. Sin embargo también es cierto que fuera de estos territorios de la mitad meridional Hermenegildo no logró casi ninguna adhesión mayoritaria.
Los dos más significados representantes de la Iglesia católica del reino godo, los obispos Leandro de Sevilla y Masona de Mérida, mostraron un decidido apoyo por el rebelde, aun a costa de padecimientos personales. Pero la mayoría del episcopado, y aun del clero, católico del reino godo optaría por mantenerse a la expectativa de los acontecimientos en una guerra que, no obstante su legitimación religiosa en la propaganda, tenía mucho de guerra civil entre facciones nobiliarias godas. Además, es también muy probable que una buena parte de esa iglesia no viera con buenos ojos la aproximación de Leandro a Bizancio.
En definitiva: al poco de producirse la solemne declaración de total e independiente soberanía de Hermenegildo lo único que debía estar claro para ambos bandos es que las cosas estaban muy poco claras. Hermenegildo y su gran consejero Leandro habían dado pasos decisivos, pero que les habían granjeado tanto amigos como enemigos en el conjunto del reino godo. Lo único evidente es que se avecinaba un conflicto cuya solución iba para largo, y en el que jugarían tanto las capacidades militares y aliados externos de ambos contendientes como la habilidad que su propaganda religiosa y otras medidas legales tuvieran para engrosar sus bases sociales y debilitar las del adversario. Por eso en absoluto puede extrañar que la aptitud adoptada por Leovigildo ante el paso dado por su hijo Hermenegildo fuera extraordinariamente prudente.

La contraofensiva política y religiosa deLeovigildo.-
A primera vista pudiera sorprender que Leovigildo, que nunca había huido de la confrontación armada con sus adversarios, tardase tanto en iniciar las hostilidades. La guerra abierta sólo fue emprendida por el monarca godo en el 582. Leovigildo empleó esos dos largos años en articular una activa política destinada a conseguir la unidad de sus filas y a acabar, en la medida de lo posible, con los motivos que más fácilmente pudiesen originar la defección entre sus súbditos; tratando así de aislar a la sublevación, radicalizándola en sus bases territorial-religiosas y sociológico-ideológicas.
Es el propio Juan de Bíclaro el que puntualmente anotó en su Crónica que todavía en el mismo año de 580 Leovigildo convocó y celebró en Toledo un sínodo de obispos arrianos. En dicho concilio arriano se decidió facilitar la conversión al arrianismo de los nicenos, suprimiendo la antigua obligación de un segundo bautismo y sustituyéndola por una mera imposición de manos y la admisión de la comunión de parte de un clérigo arriano. Además adoptó una declaración doxológica mediante la cual se intentaba reducir al mínimo las diferencias dogmáticas que oponían el credo arriano al católico niceno-calcedoniano. Es más, esta nueva iglesia y fe fue pomposamente calificada de católica, presentando a los niceno-calcedonianos que se unieran o se opusieran a ella como pertenecientes a la iglesia “romana”, es decir, imperial.
En qué medida la contraofensiva religiosa de Leovigildo logró sus objetivos es difícil saberlo. Me atrevo a sugerir que el éxito de esta nueva política religiosa, “católica”, de Leovigildo, y su correlato de persecución contra los eclesiásticos que a ella se opusieron, no fue ni tan pequeña como a veces la historiografía moderna ha pretendido, ni tan grande como el rey godo hubiera sin duda deseado. La mayoría habría sin duda seguido ese consejo tan español de “en la mili lo mejor señalarse lo menos posible”.
Con la creación de la nueva Iglesia “católica” goda Leovigildo pretendía, sin duda, conseguir la unidad religiosa de todos los súbditos. La tradicional Iglesia arriana goda siempre había estado muy mediatizada por el poder real, aviniéndose así mucho mejor a los objetivos cesaropapistas perseguidos por Leovigildo, consistentes en construir una Iglesia estatal capaz de servir a la integración de toda la población, al fortalecimiento del poder real, y a la diferenciación étnica frente a las potencias vecinas, en particular el Imperio de Constantinopla.
Tales eran las limitaciones. La grandeza residió especialmente en su actividad legisladora, con la promulgación de una nueva gran codificación privativa del reino godo, pero comprensiva de todos sus habitantes. Ciertamente ésta compartía los mismos objetivos que su reforma religiosa y utilizaba pautas semejantes, por lo que cabe considerarla la otra cara de la misma moneda, y fecharla en paralelo a la creación de la nueva Iglesia “católica” de la monarquía, aunque por desgracia carezcamos de testimonios directos al respecto. Y se debe considerar al nuevo código legal como la piedra sillar de la grandeza histórica de Leovigildo porque, a diferencia de su nueva política religiosa, éste sobrevivió a su reinado, superando el trance de la conversión católica de Recaredo. De hecho el código de Leovigildo constituyó el núcleo y armazón sobre el que se construyó casi tres cuartos de siglos después, en 654, el Liber iudicum, la gran herencia legal del reino godo, sin el que es imposible comprender la historia jurídica de la Nación española.
Un problema también muy debatido planteado por el Código de Leovigildo es el de su validez, étnico/personal, sólo para los godos, o ya territorial. Lo cierto es que el valor territorial, para godos y antiguos provinciales hispano- y galorromanos del reino godo, del Código de Leovigildo es lo único que puede encajar con el resto de la política del rey en torno al 580, y con independencia de la opinión que se tenga sobre el carácter del anterior Código de Eurico y del Breviario. Al igual que con su nueva política religiosa el nuevo código pretendía dos cosas. Por un lado tenía que eliminar cualquier duda de que el reino godo, la monarquía encarnada por Leovigildo, se refería exclusivamente a la antigua etnia goda, de tal forma que existía un derecho privativo de éstos. Y por otra parte tenía que mostrar que también en el campo del derecho este nuevo reino godo era diferente del Imperio de Bizancio, por lo que se servía de una codificación exclusiva, que podía ponerse en paralelo nada menos que con el Código de Justiniano. De esta manera el de Leovigildo se convertía en el gran y distintivo código legal de la nueva monarquía goda unitaria. Una que en su imaginario identitario étnico se apartaba de sus viejos orígenes como “monarquía militar” goda, y que en el tránsito final a una nueva etnogénesis gótica que abarcara a todas las gentes del reino, de momento se definía en términos negativos, como no-romana. Por ello el nuevo código definirá los componentes sociopolíticos del reino ya no como gentes, y todavía no como una única gens gothica, sino como populi, un término administrativo carente de sentido étnico. Por lo mismo un título como el casi genérico de Statuta legum venía como anillo al dedo.

La contraofensiva militar de Leovigildo: váscones, francos, suevos y bizantinos.-
Tras la puesta apunto de tales instrumentos de propaganda y de legitimación de “su” monarquía Leovigildo, siempre en compañía de su hijo Recaredo, se consideró ya en disposición de poder enfrentarse a Hermenegildo, atacando sus dominios en el mediodía peninsular. La sorprendente inactividad durante esos meses del rebelde, que habría renunciado a cualquier ofensiva militar, debería explicarse por la debilidad de sus efectivos bélicos, estando a la espera de que la misión de Leandro en Constantinopla consiguiera el máximo apoyo bizantino con el menor coste en cesiones territoriales seguramente. Pero antes que Leovigildo pudiera lanzar sus armas sobre su rebelde hijo y sus aliados bizantinos era necesario precaverse de cualquier posible expedición de socorro por parte de sus parientes Merovingios, evitando en todo caso dejarse alguna posible fuente de dificultades militares en sus espaldas septentrionales, mientras dirigía el grueso de sus fuerzas sobre su hijo y sus aliados imperiales, en el sur y levante. Es en el primer contexto en el que hay que situar el ataque de Leovigildo sobre los váscones del 581.
Conquistada Mérida en 582 el camino hacia el centro del poder de Hermenegildo, la gran Sevilla, estaba expedito. El ataque a la ciudad bética comenzaría a los pocos meses, en paralelo a una exitosa campaña contra los bizantinos en tierras de Levante. Sevilla se rendía ese mismo año de 584 a Leovigildo. Sin embargo, antes de la entrada en ella de Leovigildo y su ejército, Hermenegildo había podido huir en compañía de su mujer y pequeño hijo, logrando alcanzar seguro territorio bizantino. Alguna inmediata ayuda militar debieron darle los responsables imperiales. Pues lo cierto es que Hermenegildo decidió continuar con la guerra, marchando a defender la otra gran ciudad que le quedaba en la Bética, Córdoba. Sin embargo Ingunda y el pequeño Atanagildo quedaban en manos de los bizantinos, posiblemente tanto por motivos de seguridad como también en condición de rehenes. Una situación que viró decisivamente hacia lo segundo cuando el gobierno imperial de la provincia hispana optó por entrar en traicioneros tratos con Leovigildo. Una decisión sin duda dictada por la conciencia de sus limitados recursos militares y la percepción de que la causa de Hermenegildo estaba ya definitivamente perdida. A cambio de la suma de 30.000 sueldos de oro los imperiales decidían dejar a su propia suerte a Hermenegildo.
Derrota y muerte de Hermenegildo y triunfo de Recaredo.-
Abandonado por los bizantinos Hermenegildo sucumbía finalmente en el 584, seguramente hacia febrero. El último bastión del rebelde sería Córdoba.
Pero incluso humillado Hermenegildo con vida era un peligro, especialmente para Recaredo, el principal beneficiado de su caída en desgracia. Por eso tenía que ser también el mayor interesado en que Hermenegildo no pudiera recobrar su antigua posición. Lo lógico es que Recaredo quisiera mantenerlo a su lado, fuertemente custodiado por un ejército fiel a él mismo, y en un lugar desde donde pudiera también vigilar amenazadoramente a la provincia bizantina, para que no se atrevieran a incumplir lo pactado. Por todo ello sería Valencia el lugar de la prisión-destierro de Hermenegildo, con Recaredo como su gran carcelero.
Cuando Hermenegildo se encontraba en Valencia bajo custodia de su hermano y de un potente ejército godo llegaron noticias alarmantes sobre los parientes Merovingios del aquél. Pero el Leovigildo y su hijo menor contaban ahora con un poderoso y aguerrido ejército, en todo caso necesitado de nuevas victorias y saqueos.
Esta exuberancia militar de Leovigildo permitió nada menos que partir en dos la fuerza militar goda. Mientras Leovigildo al mando de un ejército marchaba a la conquista del reino suevo, de la que hablaré después, Recaredo remontaba con otro la vía augústea para defender la Septimania, base del poder del linaje de su padre. El avance de Recaredo exigía resolver un problema: ¿qué hacer con su prisionero hermano?
Dejar en Valencia a Hermenegildo, con una custodia militar muy reducida, era una temeridad impensable, tanto por la vecindad bizantina como por los posibles apoyos que el príncipe aún mantenía. A Recaredo no le quedaba otra opción que obligar a Hermenegildo a acompañarle en su marcha hacia la Narbonense. Hasta llegado el caso se podía pensar en utilizarle como rehén para una negociación con los Merovingios. Sin embargo, cuando el ejército llegó a Tarragona, en la primavera del 585, se tomó una decisión arriesgada y definitiva: ejecutar al prisionero. El asesinato del príncipe habría terminado por enrarecer las relaciones entre Gosvinta y Recaredo. Pero en el futuro inmediato Recaredo logró ponerse a salvo de cualquier maniobra al convertirse al poco en el primer rey godo que obtenía un importante éxito militar sobre los francos.
Conquista del reino suevo y muerte de Leovigildo.-
De manera casi contemporánea al triunfo de Recaredo en Septimania su padre Leovigildo había obtenido otro éxito no menos importante y de indudable trascendencia histórica: la conquista del reino suevo. Con la conquista del reino suevo Leovigildo, un rey de orígenes familiares ostrogodos y septimanos, daba el último paso en el largo viaje de la vieja “monarquía militar” fundada por el Balto Alarico: su plena conversión en el auténtico primer reino de las Españas.
Entre el 13 de abril y el 8 de mayo del 586 fallecía Leovigildo, sucediéndole como único rey y sin ningún tipo de problema su querido hijo Recaredo. Una tradición posterior recogida por Gregorio Magno afirma que en su lecho de muerte Leovigildo quiso recibir la comunión de un clérigo católico, y que aconsejó a su hijo Recaredo que tomara como consejero a Leandro y se convirtiera a la verdadera fe católica. La ausencia de confirmación en las fuentes hispanas hace más que dudoso aceptar su veracidad. Sin embargo sí que podemos afirmar que a esas alturas de su vida el pragmático Leovigildo podía ser consciente del fracaso de su intento del 580 de establecer una Iglesia estatal unificada sobre la base de la goda arriana. Pero salvo en esta cuestión religiosa en lo demás Leovigildo seguro que pudo cerrar tranquilo y definitivamente sus ojos.
El Reino godo que legaba a su hijo era más extenso, coherente y centralizado que nunca lo había sido antes en sus más de siglo y medio de existencia. Sólo faltaba una paso para alcanzar la auténtica plenitud de la España goda: la conversión de la Iglesia del reino godo de católica con comillas en católica sin comillas. Ello lo daría Recaredo de forma solemne y definitiva en el concilio III de Toledo de mayo del 589, pero desde el mismo inicio de su reinado comenzó a caminar, con enorme prudencia y ambigüedad, por ese sendero. Que tardara tanto tiempo, y tuviera que vencer más de una seria dificultad, indica lo complejo del proceso, y hasta viene a explicar por qué Leovigildo pensó que era mejor su solución del 580. Un gran rey había muerto y le sucedía otro también grande. Posiblemente no volvería a darse tan feliz fenómeno en la historia de la España goda, y poquísimas veces ha sucedido en la milenaria historia de mi querida patria. Pero el ejemplo de Leovigildo, con sus luces y sus sombras nos iluminará siempre.
He dicho.