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Los Etruscos

28 septiembre, 2007 | Por | Categoría: Exposiciones | Imprime esta noticia Imprime esta noticia

Los etruscos en el Museo Nacional de Arqueología.

27 de septiembre – 6 de enero 2008

El Museo Nacional de Arqueología presenta “Los etruscos”, exposición que ha merecido los eleogios del Director general de Bellas Artes, José Jiménez, que la ha calificado como una de las muestras estrellas de la temporada. Las piezas seleccionadas por Guiseppina Carlotta Cianferoni, comisaria científica, proceden en su mayoría del Museo Arqueológico de Florencia. Está formada por 450 objetos desconocidos en su mayoría para el gran público, ya que muchos de ellos como el Frontón de Talamone, la Tapa del sarcófago de la tumba de Vipina en Tuscania, la serie de urnas monumentales de Chiusi, el Tridente de Vetulonia o el conjunto de bronce funerario de la Tumba de Populonia, nunca habían salido de Italia.

La exposición pretende mostrar la vida de este pueblo enigmático del que apenas se conservan documentos escritos y que vivió en la zona norte y centro de Italia desde el s. IX al I a. C.

En el itinerario de la muestra podemos diferenciar cinco partes; cuatro se corresponden con los periodos históricos de la civilización etrusca y una última parte hace referencia a su religión.

Los etruscos

Aunque por Etruria se entienda la zona de Italia comprendida entre los ríos Arno y Tíber –que, además de la Toscana, abarca parte de las actuales regiones de Umbría y Lacio hasta Roma-, la expansión etrusca alcanzó también a la Campania y al Valle del Po. Los mismos pasos siguió el arte que se desarrolló bajo la civilización etrusca hasta que su identidad se diluyó en la romana, cuando Roma otorgó la ciudadanía a todos los itálicos libres.
Con un criterio cronológico, la exposición “Los Etruscos” abarca casi mil años, desde los albores, en el siglo IX a C., hasta el fin de la civilización etrusca con la completa romanización de Etruria.

La muestra recoge más de 450 piezas, todas ellas patrimonio arqueológico custodiado en los museos de la Toscana, en su mayor parte en el Museo Arqueológico de Florencia.
La exposición se estructura en cinco grandes secciones:


1.- Los orígenes de la civilización etrusca. Cultura villanoviana (siglo IX – siglo VIII a.C.)

Los estudios arqueológicos consideran la cultura villanoviana, que debe su nombre a la necrópolis donde primero se identificó, como la expresión más antigua de la civilización etrusca.
La documentación arqueológica proviene casi exclusivamente de las necrópolis. Del mundo etrusco conocemos ampliamente cómo estaban construidas las “ciudades de los muertos”, pero sabemos muy poco acerca de las moradas de los vivos.
Esta cultura se caracteriza por la utilización del ritual de la cremación. Las cenizas resultantes de la cremación eran recogidas dentro de vasos en forma bicónica. La urna solía estar cubierta con una copa a modo de tapadera; a veces, en las tumbas masculinas, por un casco, símbolo de prestigio social. En otros casos, la urna tiene forma de choza que simbólicamente representa la vivienda. En el interior de la urna eran colocados los objetos que el difunto llevaba en el momento de la cremación.
Existía una marcada diferenciación entre los ajuares de uno y otro sexo: los ajuares masculinos comprendían fíbulas, navajas para afeitar y una o más armas; los femeninos contenían broches, brazaletes, collares y elementos de hilado.
Del aspecto uniforme, “igualitario”, de los ajuares de la fase más antigua se pasa a otros más heterogéneos que reflejan la progresiva articulación de las comunidades en distintas clases sociales, dentro de las cuales tiende a sobresalir la aristocracia, que será protagonista en el siglo siguiente del espléndido florecimiento del período “orientalizante”.

2.- La cultura de los príncipes. Edad Orientalizante (finales del siglo VIII – comienzos del siglo VI a.C.)
La edad Orientalizante, comprendida entre las últimas décadas del VIII y el primer cuarto del siglo VI a.C., puede considerarse, en muchos aspectos, la más emblemática de la historia de los etruscos. Se trata del período durante el cual los centros villanovianos se abren al mundo griego, cuya influencia penetra en Etruria no sólo a través de objetos importados sino también a través de novedades tecnológicas, como por ejemplo el uso del torno.
La cultura etrusca se caracterizó por su apertura a los estímulos e influjos culturales mediterráneos, que penetraron gracias el intenso comercio, sobre todo de metales, en los que esta región fue tan rica.
Estos contactos producen una progresiva transformación en las estructuras sociales: comienza a nacer una nueva clase de ricos aristócratas que serán protagonistas del espléndido florecimiento de este período.
Este período está representado en la exposición a través de joyas de oro, ámbar, vasijas de bronce ricamente decoradas, cerámicas finísimas y plaquetas de marfil grabadas que decoraban preciosos cofres de madera.
Por lo que se refiere a la tipología de las tumbas y a la composición de los respectivos ajuares, el mundo etrusco se caracteriza, es este período, por una neta división de las clases sociales, determinada por el nacimiento de núcleos familiares hegemónicos: una estructura encabezada por los príncipes.
Los grandes túmulos, situados en posiciones destacadas y con sus dimensiones a menudo imponentes, constituyen la característica más visible de la importancia y de la riqueza familiar: las estructuras internas resultan ser habitualmente obras maestras de arquitectura, con variedad de tipologías y de soluciones que indican no sólo la elevada capacidad de los constructores, sino también el refinamiento y la exigencia de su ejecución.
Quizás el máximo signo de la riqueza y del esplendor alcanzado por la aristocracia etrusca de la Edad Orientalizante está representado por las magníficas piezas de orfebrería que nos han proporcionado las tumbas principescas. Se trata de verdaderas obras de arte que atestiguan el elevado nivel conseguido por los artesanos etruscos.
En el apartado correspondiente a este período se encuentra la cerámica de bucchero nero, llamada así por el color negro intenso de su superficie, que fue la producción alfarera etrusca más característica hasta el siglo V a.C. Hay también vasos canopos que reproducen la figura del difunto, ya fuera hombre o mujer; vasos corintios importados con sus relativas imitaciones fabricadas en Etruria (vasos etrusco-corintios), además de una serie de ungüentarios figurados importados de Oriente.
Un ulterior signo de distinción social de los príncipes es que demuestran conocer la escritura y la usan, tanto para dejar una señal duradera en las estructuras de las tumbas, como para indicar la procedencia o pertenencia de un objeto: para designar unas veces al donador o al oferente, otras al destinatario de un obsequio. Y no sólo se enorgullecen de poseer la escritura sino que la enseñan, como lo indica la presencia de alfabeto sobre vasijas y otros objetos, como lo demuestra la célebre tablilla para escribir hallada en el “Circolo degli Avori” (Círculo de los marfiles) de Marsiliana d’Albegna.


3.- La sociedad urbana (siglo VI – mediados del siglo IV a.C.)
A finales del siglo VII a.C. se definió, en líneas generales, la estructura de las principales ciudades etruscas. A partir de ahí, las aldeas comienzan a cerrarse con murallas y la aristocracia dominante es la urbana. Esta transformación social está bien representada en las necrópolis, donde los grandes túmulos principescos propios de la época anterior dan paso a tumbas reservadas a grupos familiares, con características similares entre ellas, cuya planta imita la arquitectura doméstica.
Si en la etapa precedente la riqueza estuvo en manos de un reducido grupo de familias aristocráticas, una redistribución de los bienes favoreció el surgimiento de una clase media, fundamentalmente relacionada con el comercio y con las actividades artesanales, que conquistó espacios de acción significativos y a menudo influyó de manera notable en la economía y en la política de la Etruria.
Entre los objetos más importantes de este período hay que señalar los pequeños bronces de Brolio. Continúa la producción en bucchero: en la muestra se exponen objetos de bucchero pesante de Chiusi, así llamado, no sólo por el tamaño enorme de las piezas, sino también por la decoración, que resulta muy cargada. Asimismo, en la exposición se puede ver cerámica figurada, que se desarrolló en este período a imitación de los vasos áticos de Figuras Negras y, más adelante, de Figuras Rojas.
Si el siglo V
comenzó con los Etruscos aún en fuerte expansión, terminó en cambio con su potencia notablemente reducida: en el 396 a.C., Roma conquistó la etrusca Veio e inició su victorioso avance en Italia central. Simultáneamente, los Galos se introducían en la zona norte, donde los núcleos etruscos menores desaparecieron y los mayores comenzaron a presentar características celtas.
Una serie de derrotas provocaron el cierre de los puertos etruscos del Tirreno y el comercio griego, dominado por Atenas, se trasladó hacia los ricos mercados del Adriático. La crisis dañó sobre todo a los centros de la Etruria meridional costera, más interesados en los intercambios marítimos, mientras otros, cuyo comercio estaban destinados a otros lugares o que poseían una economía basada fundamentalmente en la agricultura, no sufrieron las mismas consecuencias.
Lo mismo que sucedió con las ciudades, ocurrió con las clases sociales: la crisis embistió sobre todo a aquellas relacionadas con el comercio y con la actividad artesanal, actividades típicas de la clase media.

4.- Helenismo y romanización (fi
nales siglo IV – comienzos siglo I a.C.)
En este periodo se produce el declinar de Etruria, cuyo territorio es progresivamente englobado por Roma y pierde su autonomía. La conquista de la Etruria meridional, donde la aristocracia terrateniente se ve privada de gran parte de sus tierras, lleva a los centros más importantes hacia una rápida decadencia y determina también un progresivo declive de la actividad artística. Sólo gracias a Tarquinia se puede seguir la evolución de los talleres de los escultores, responsables de la producción de los sarcófagos.
En esta sección se presentan vasos con barniz negro y urnas cinerarias de Volterra, Perusa y Chiusi, así como sarcófagos de terracota de Tuscania.
El factor más representativo del período helenístico es que el artesanado tiende a asumir cada vez más un carácter industrial, llegándose a una especie de estandarización de la producción artesanal: la cerámica, las terracotas votivas y los mismos bronces son ahora producidos en serie en la mayor parte de los casos. Así se encuentran en las urnas cinerarias, cuya producción da vida a activos talleres especializados en las ciudades de Volterra, Chiusi y Perusa.

5.- Aspectos de la religiosidad etrusca

Aunque no sabemos de una tradición literaria propia, las fuentes latinas nos han transmitido el profundo sentido de lo sagrado entre los etruscos: Sólo a través de estos testimonios y de los datos proporcionados por la investigación arqueológica, conocemos algunos aspectos de la religión de este pueblo. En esta última sección de la muestra se presentan numerosos exvotos y objetos de culto representativos de la religiosidad etrusca.
Siempre gracias a fuentes latinas sabemos que las normas relativas a la práctica religiosa estaban codificadas en los Libros Sacros, en los cuales los etruscos habían recogido la totalidad de los preceptos religiosos.
En los Libri Haruspicini, por ejemplo, se establecían todas las normas necesarias para el examen de las vísceras de las víctimas sacrificadas, objeto de adivinación. El órgano principal de este tipo de examen era el hígado: se conservan no sólo numerosos documentos arqueológicos, como espejos figurados y urnas cinerarias esculpidas, que lo representan en manos de los sacerdotes etruscos, sino también verdaderos modelos en arcilla, bronce u otros materiales. En la exposición se pueden ver varios ejemplares de unos y otros, como la “Tapa de una urna cineraria con arúspice”, el sacerdote que interpretaba las señales en las vísceras, donde el personaje lleva un hígado en la mano; o el “Plomo de Magliano”, una lámina de este material, que representa probablemente un hígado, donde aparecen inscritas las indicaciones para la realización de sacrificios.
En el mundo antiguo, la ofrenda a la divinidad era un aspecto primordial en el ámbito del culto religioso. Una rica documentación en este sentido proviene de los grandes santuarios de Etruria y en especial de las excavaciones en los depósitos votivos localizados en el interior de las áreas sagradas donde se guardaban los dones ofrecidos a los dioses, ya que su número aumentaba continuamente y era necesario conseguir y utilizar nuevos espacios. Estos depósitos, relacionados estrechamente con el poder económico del devoto y diferentes entre sí en cuanto a calidad, constituyen un testimonio inagotable para el conocimiento del culto y de las prácticas religiosas.
En la edad más antigua las ofrendas estaban casi siempre constituidas por objetos en cerámica y, en raras ocasiones, por estatuas de bronce que representaban a distintas divinidades, figuras de oferentes y de animales, monedas o modelos en arcilla de edificios. A veces la ofrenda estaba enriquecida por inscripciones que recuerdan el nombre del dios o del oferente.
El fenómeno de la devoción asume dimensiones particularmente vistosas en épocas clásico-tardía y helenística, ya que la vasta tipología se enriquece con la especial serie de exvotos anatómicos. Estos objetos que reproducen las distintas partes del cuerpo -cabezas, piernas, manos, pies, vísceras- están claramente relacionados con la esfera de la salud y la fecundidad: estos exvotos casi siempre son expresión de la religiosidad de las clases más modestas y suelen ser de producción local.

DATOS DE INTERES:
“LOS ETRUSCOS”
MUSEO ARQUEOLÓGICO NACIONAL
C/ Serrano 13
27 de septiembre – 6 de enero 2008
Horario: 9:30 h. a 20:00 h. de martes a sábado.
Domingos de 9:30 a 15:00 h.
Lunes cerrado.

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