«William Shakespeare

o el drama de la reina Isabel»

Por Andrés Merino

En menos de doce meses el más conocido de los dramaturgos ingleses escribió cuatro de sus célebres obras: Enrique V, Como gustéis, Julio César y Hamlet. Pero el bardo de Stratford no culminó sus composiciones en el interior de una burbuja, sino inmerso en la sociedad cultural, política y religiosa de su tiempo. Tal hilo conductor es el escogido por James Shapiro, catedrático de la Universidad de Columbia, en su «1599. Un año en la vida de William Shakespeare», cuya versión en español, con excelente traducción de María Condor, ha corrido a cargo de Ediciones Siruela.

El libro es un despliegue de sugestivas hipótesis sobre el proceso creativo del maestro. Quizá el mayor de sus aciertos sea admitir que el campo de juego es un amplio espacio abierto para las conjeturas, pues son relativamente escasos los datos de la vida del escritor contrastados de forma absoluta. A pesar de ello, Shapiro nos propone un retrato inteligente, pero sobre todo convincente, en cuya lectura es imposible sustraerse al fondo escogido, el Londres de los últimos estertores del siglo XVI, protagonizados por un innegable olor a fin de reinado, el de Isabel I, la hija de Enrique VIII y Ana Bolena que ocupó el trono inglés entre 1558 y 1603.

Es cierto. Superando ampliamente los más conocidos tópicos sobre la supuestas inquietudes artísticas de Isabel I, bien asentados en España a través de dos largometrajes estrenados en 1998 «Shakespeare in love» (John Madden) y «Elizabeth» (Sekhar Kappur), se nos proponen interesantes datos que desde luego reescriben la historia. El supuesto mecenazgo literario isabelino contaba con que más de un tercio de la población adulta de Londres acudía al teatro al menos una vez al mes. Sus cortesanos patrocinaban las compañías y representaciones, pero la reina no entró jamás en un teatro público. Desde su Consejo privado se limitaba a prohibir la edición de obras que tocasen, aunque fuera indirectamente, temas incómodos, como la rebelión de Irlanda o su problemática sucesión. Así, entre mayo y junio de aquél 1599, se ordenó la tolerantísima quema de libros como la «History» de Hayward, los «Epigrams» de John Davies (incluso en la edición en que aparecían junto a las «Elegies» de Christopher Marlowe) y dos obras que criticaban la soltería feminista, «The book against women y «Te Fifteen Joys of Mariage». William Shakespeare, nunca pudo poner en escena en vida de la soberana el pasaje en el que su «Ricardo II» es destronado después de someter al reino a impuestos abusivos y administrar Irlanda de manera desastrosa.

Isabel I vivió obsesionada por su imagen, sobre todo cuando ya no pudo ocultar el paso del tiempo en su rostro. Shakespeare vivió la contradicción: los protestantes ingleses ofrecían culto a las imágenes políticas, como los estudiados retratos de su soberana, mientras eliminaban las de carácter religioso. De forma sutil pero audaz, como en Julio César, tocó el espinoso tema de la edad en los poderosos, al aludir al maltratado cuerpo del héroe belicoso. Un pasaje del diplomático francés De Maisse atestigua que la llamada reina virgen «Tenía una falda de damasco blanco, con cinturón y abierta por delante, como lo estaba la camisa, de tal manera que a menudo se abría este vestido y se le veía todo el estómago, e incluso hasta el ombligo… Cuando levanta la cabeza acostumbra poner ambas manos en la falda y abrirla de modo que se le vea todo el estómago». Añade que «cuando alguien habla de su belleza, ella dice que nunca ha sido hermosa, aunque tuvo fama de serlo hace treinta años. No obstante, habla de su belleza siempre que puede». Todo un complejo patológico cuya lectura despierta benevolente sonrisa al comprobar su paralelismo con alguna de las actuales actrices que quieren vestir como en edades pretéritas…

En realidad, lo anecdótico revela el grado del drama de una mujer que ordenó reprimir incluso conversaciones sobre su sucesión, como le dijeron al turista Thomas Platter: «está prohibido bajo pena de muerte hacer averiguaciones de quién va a suceder a la reina cuando muera». No es extraño que Isabel acusara al Papa y los jesuitas de planear su asesinato, mientras Shakespeare, en sus dramas, tocaba de nuevo indirectamente el tiranicidio. Lo contradictorio es que, mientras tanto, su protegido Walter Raleigh escribía al todopoderoso Robert Cécil (octubre de 1598) sugiriendo que el problema irlandés se resolvería asesinando al líder rebelde Tyrone.

James Shapiro ha propuesto un sano ejercicio de honradez intelectual al afirmar que el mundo anglosajón vivió aquel convulso final cultural del siglo XVI sumido en contradicciones, «desde la naturaleza del yo y la sexualidad hasta la nacionalidad y el imperio». De la mano de Shakespeare e Isabel I, nos ofrece un par de verdades de la Inglaterra de la Reforma.

FICHA TÉCNICA
«1599. Un año en la vida de William Shakespeare»
James Shapiro
Madrid, Ediciones Siruela, 458 págs