El Museo del Romanticismo, museo de titularidad estatal perteneciente al Ministerio de Cultura y Deporte, exhibe ‘La bailaora Josefa Vargas’ de Antonio María Esquivel continuando con su programa ‘Obra Invitada’. La iniciativa pretende profundizar en el conocimiento del Romanticismo, ampliando los contenidos de la exposición permanente a través de la muestra temporal de piezas de otros museos y colecciones privadas, contextualizando también así su propia colección.

El programa comenzó su andadura en 2012 con el retrato de Eugenia de Montijo de Franz Xaver Winterhalter, cedido igualmente por la Fundación Casa de Alba. También han formado parte de él obras emblemáticas como el retrato de Gustavo Adolfo Bécquer realizado por su hermano Valeriano, del Museo de Bellas Artes de Sevilla (en 2013) o, como otro caso de retrato de artista, el de la actriz María Guerrero en el papel de doña Inés, obra de Raimundo de Madrazo, prestado por el Museo del Prado (en 2017).

Siguiendo esta estela, y en el marco del año temático de la danza que celebra el Museo, desde el 23 de noviembre podrá verse en la Sala XXV el retrato de la bailaora Josefa Vargas. Pintado en 1850 por Antonio María Esquivel y Suárez de Urbina (1806-1857), pertenece a la colección de la Fundación Casa de Alba y se conserva en el Palacio de Las Dueñas de Sevilla. Se trata de un excelente ejemplo de la producción retratística de uno de los artistas románticos más destacados en este género que, además, goza de una amplia representación en el Museo. Esquivel se acerca en esta obra al costumbrismo, muy del gusto de la burguesía, principal cliente del pintor.

Por otro lado, en consonancia con el reconocimiento y los triunfos de ‘La Vargas’, protagonista del retrato y una de las bailarinas más destacadas en los coliseos de mediados del siglo XIX, esta nueva ‘Obra Invitada’ ofrecerá a los visitantes un montaje marcadamente escénico, dotado de gran teatralidad para la ocasión. Jugando con las inspiraciones de la indumentaria bolera, recogerá el ambiente y al público para la contemplación de la obra. Se acompaña, además, de una propuesta musical en forma de ‘playlist’ para una mejor contextualización de la pieza.

Danza bolera

La danza bolera alcanzó una gran popularidad a mediados del siglo XIX, convirtiéndose en el baile nacional por excelencia en el Romanticismo. Se basaba en los bailes populares andaluces, destacando su «braceo a la española», en combinación con las posiciones del ballet clásico en las piernas y pies, presentando también influencias de los bailes cortesanos. Llevaba asociada una indumentaria específica, con una falda más corta y zapatillas de danza clásica, elementos que están presentes en la efigiada, junto con el uso de las castañuelas acompañando el movimiento de los brazos.

Nacida en 1828 en Cádiz, Josefa Vargas despuntaría tempranamente, triunfando por la geografía española y trabajando desde 1849 en el Teatro de la Comedia de Madrid. La prensa de la época difundiría sus éxitos, expresividad, buen gusto y el lujo de sus trajes, comparándola con otras grandes bailarinas boleras que en aquel momento actuaban en los teatros de la ciudad: extranjeras como Marie Guy-Stéphan y españolas como Manuela Perea ‘La Nena’. De esta última, el Museo del Romanticismo ya expuso este 2021 una estampa como ‘Pieza del Trimestre’; un ejemplo de cómo está presente la temática de la danza bolera en la institución.

Además, la exposición de esta obra preludia al Congreso Internacional ‘Un siglo de danza en España (1836-1936). Identidades, repertorios, imaginarios y contextos’, que tendrá lugar en el Museo del Romanticismo del 1 al 3 de diciembre. Viene, por tanto, a poner el broche final a una programación cultural que durante este año ha estado orientada al baile en el siglo XIX, con visitas temáticas y actividades destinadas a diferentes públicos.

La bailaora “regresa” así a Madrid, tratándose de una oportunidad para conocer de cerca esta obra adquirida en 1977 por la XVIII duquesa de Alba, Cayetana Fitz-James Stuart, y que sale del Palacio de Las Dueñas para exponerse en un marco y un momento idóneo para comprender a la artista representada, al autor del retrato y, en suma, el contexto y desarrollo de la danza bolera en el siglo XIX.

Artículo anteriorCien años después de la primera exposición de Altamira 1921
Artículo siguienteIsaac Sastre de Diego nuevo Director general de Bellas Artes

Deja un comentario