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Hoy nos hemos despertado con la noticia de la muerte del profesor Enrique Fuentes Quintana. Los españoles le debemos en buena parte el clima de estabilidad y prosperidad del que hoy disfrutamos ya que fue el principal artífice de los Pactos de la Moncloa, acuerdo económico que sentó las bases de la transición política. Muchas son las necrológicas que se escriben hoy de este gran humanista. Entre todas hemos escogido la que le dedica el también catedrático Juan Velarde en ABC, con biografía de cierto paralelismo, y de la que he entresacado algunos párrafos. “Los grandes economistas -escribe Velarde-, y el profesor Fuentes Quintana lo era, dejan para siempre una huella muy honda. Sus ideas cambian el paisaje material de los países. Alteran también, y lo hacen en una especie de cadena temporal perpetuamente, porque el pensamiento de sus discípulos, de los que siguen a éstos, actúa ilimitadamente. En tres grandes momentos de la historia económica española actuó así Enrique Fuentes Quintana. En primer lugar, en el Plan de Estabilización de 1959. La segunda huella es la del cambio del sistema tributario. La tercera huella ha sido la derivada del Pacto de la Moncloa”. Tras un largo repaso a la reciente historia de España que corre pareja a la de Fuentes Quintana, Velarde termina: “Todo eso se debía, en primer lugar, a un trabajo de investigación formidable y a una labor de impulso de publicaciones científicas impresionante. El segundo a una admirable labor pedagógica como catedrático, sucesivamente, de las Universidades de Valladolid, Complutense y UNED. Como colofón sobre esto, una anécdota: Enrique Fuentes quería y admiraba muchísimo a su padre, Cristóbal Fuentes Valdés, uno de los grandes apóstoles de la mejora del campo castellano, sobre todo con la obra de las Cajas Rurales. El día que se murió su padre fui a la casa a oír una misa en la capilla ardiente muy de mañana. Enrique vivía allí; estaba aún soltero. No lo vi. Pregunté a su hermana María Teresa: «¿Enrique está dormido por haber velado toda la noche?». Me contestó: «No; ha ido a dar la clase en la Facultad». Quedé asombrado. Al cabo de un rato llegó, con gesto muy triste. Dejó un montón de libros y notas en una mesa y entró en la capilla ardiente. Le dije: «Pero, ¿cómo has ido a dar clase»? Me contestó: «Los alumnos, por mucho que quiera a mi padre, deben ser lo primero para mí. A él, como buen castellano que era, eso, además, sería lo que de mí esperase»”. Recuerdo una entrevista que concedió a un joven periodista cuando los periodistas se podían permitir el lujo de ser jóvenes. Preguntaba el periodista por la clave que mueve el mundo del dinero y el profesor contestó que la clave estaba en el miedo y añadió: “Nada hay en el mundo que tenga más miedo que un millón de dólares –y tras una breve pausa añadió- bueno sí hay otra cosa que tenga más miedo, dos millones de dólares”. Descanse en paz.

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