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Hotel Paradiso, de Ramón Pernas, Premio Azorin 2014 de Novela

09 Abril, 2014 | Por | Categoría: Libros | Imprime esta noticia Imprime esta noticia

Hotel ParadisoUna vieja elefanta de circo y un distinguido anciano mueren el mismo día y a la misma hora en una pequeña ciudad del norte de España.  Estos dos hechos, aparentemente sin relación, son, sin embargo, el colofón inevitable de una historia de amor que comenzó muchos años atrás, cuando ese anciano apenas tenía quince años.

Hotel Paradiso es una historia en primera persona contada a dos voces. El anciano, un narrador a veces poco fiable, entre cuyas historias y reflexiones el lector deberá descubrir la verdad como un detective, y la nieta desconocida, joven, llena de planes e ilusión. Ramón Pernas tiene la habilidad de crear dos discursos muy dispares, tanto en estilo como en tono y contenido: la decrepitud frente a la juventud; la ingenuidad frente a la amargura; la bondad frente a la desesperanza.

Ramón Pernas (Vivero, Lugo, 1952) es periodista, editor y guionista. Ha colaborado como crítico literario y articulista en publicaciones como Tiempo e Interviú, y como columnista de Cuadernos del Norte y en la agencia OTR. Ha sido subdirector de Nueva Empresa y director de Actual y ha trabajado como guionista en TVE y como colaborador en diversos programas de televisión. Durante diez años fue director editorial de Espasa Calpe.

En 1992 obtuvo el Premio Ateneo de Sevilla con la novela Paso a dos, con la que también resultó finalista del Premio Nacional de Literatura. También ganó en 2011 el  Premio Internacional de Novela «Emilio Alarcos Llorach» por En la luz inmóvil y el galardón  Letras de Bretaña al conjunto de su obra.

Ha publicado también las novelas Si tú me dices ven, El pabellón azul, Brumario, Libro de actas y Del viento y la memoria. En 2008 publicó  Poesía (in)completa.

Además de numerosos cuentos en antologías, ha escrito con José Mario Armero Cien años de circo en España. También es autor del libro Galicia en blanco y negro.

En su faceta de periodista,  ha ganado los principales premios gallegos: el Julio Camba y el Puro de Cora;  fue presidente del Club de Periodistas Gallegos en Madrid y es académico de número de la Real y Pontificia Academia Auriense Mondoniense de San Rosendo.

Escribe una columna semanal en La voz de Galicia y dirige Ámbito Cultural de El Corte Inglés.

La novela

“El circo es un espectáculo arcaico, antiguo, aunque para mí resulta siempre nuevo, como de estreno, contando una vida que refleja los colores en las lentejuelas del traje de las trapecistas, las diosas aladas que aprenden a volar desde niñas en ese cielo circular de las carpas que limitan con el infinito.”

Una vieja elefanta de circo y un distinguido anciano mueren el mismo día y a la misma hora en una pequeña ciudad del norte de España.  Estos dos hechos, aparentemente sin relación, son, sin embargo, el colofón inevitable de una historia de amor que comenzó muchos años atrás, cuando ese anciano apenas tenía quince años.

Javier, el anciano, ha querido dejar por escrito su historia, una especie de testamento vital, mezcla de confesión,  justificación y despedida. Ingresado en la “puta residencia” que él mismo, en un arranque de filantropía, ayudó a construir en Vilaponte, su pueblo natal, vive amargado y rodeado de recuerdos que se siente impulsado a compartir antes de su muerte. Porque Javier sabe muy bien cuándo y cómo va a morir.

Mientras, muy cerca de Javier, pero inaccesible, su  nieta, una nieta desconocida, escribe también sus pensamientos, sus deseos y sus recuerdos. Es hija del dueño de un modesto circo, el Tívoli, que ha vuelto a Vilaponte después de veinte años de ausencia. Y es que el circo Tívoli fue el escenario del único amor verdadero de Javier, el que sintió por S., la joven trapecista que lo enamoró en la adolescencia y con la que siguió manteniendo una relación clandestina durante años, a pesar de sus vidas dispares.

La nieta de Javier ha tenido que vivir en la trastienda del circo; es demasiado torpe para los malabares, las alturas le dan miedo… así ha podido estudiar y leer mucho y se ha limitado a contemplar desde la taquilla del circo las caras de ilusión de los espectadores. Tiene un novio italiano con el que habla todas las noches, un cómico viajero que trabaja en un espectáculo de calle. Pero su vida está a punto de dar un vuelco. Aunque nunca ha sabido muy bien cuál iba a ser su futuro, es aquí, en Vilaponte, donde decidirá seguir la tradición circense y convertirse en payasa.

Abuelo y nieta, tan cerca uno del otro sin que ninguno lo sepa, irán desgranando sus pensamientos y contando la historia de esos dos mundos tan distintos que confluyeron una vez y luego volvieron a separarse para reunirse de nuevo en un emocionante final.

Javier es prisionero de esa residencia para ancianos que donó al pueblo y que ahora sufre cada día con impaciencia de viejo. Su discurso discurre por meandros de la memoria, entre los tiempos antiguos y la monotonía inclemente de los días de la residencia. Vive un “aburrimiento desolador y apabullante”, un caminar hacia la nada, y maldice la vejez sin sentido, la decrepitud, la falta de estímulos y de esperanza. Por ello se refugia en sus recuerdos. No ofrece concesiones, no se perdona, no se juzga tampoco. Cuenta las cosas como fueron, o quizá como él cree que fueron.

Cuenta Javier su matrimonio de “cortesía sexual”, por un embarazo que lo unió a una mujer que nunca quiso, su vida en  un mundo burgués y beato en el que vivió sin participar, siempre desde fuera; sus dos hijos, a los que no quiso demasiado, y que ahora le han encerrado donde está. Recuerda, sobre todo, ese amor prohibido y emocionante que sintió durante años por la trapecista y del que nació un hijo que le hizo dejar de quererla. Porque si algo tiene claro Javier es que toda su vida ha estado marcada por un egoísmo sin fisuras, un egoísmo, dice, que es lo único que lo ha salvado de la abulia total. Solo se permitió un gesto de amor hacia el hijo de la trapecista: al nacer, decidió regalarle algo que perdurara y así apareció Zara, la elefanta, que ha seguido en el circo durante todos estos años de silencio.

Y mientras el discurso de Javier está lleno de desesperanza, el de su nieta está lleno de luz, de esa magia que trasmite el circo y que ella lleva en la sangre. Las historias del circo, los recuerdos de su infancia, de esos padres a los que adora, de ese abuelo que nunca ha conocido pero que los relatos de su padre le han llevado a querer, de su amor, de sus deseos de seguir recorriendo los caminos con la casa y las ilusiones a cuestas.

Mientras el circo está en el pueblo sin que Javier lo sepa, él está tramando el asesinato por piedad de uno de sus compañeros de residencia. Es una fantasía que se cuenta, una manera de librar a estas personas que ya solo esperan la muerte de la indignidad de la espera. Y entonces, entre sus planes de muerte, Javier escuchará, creyendo que se ha vuelto loco, los gritos de Zara, la elefanta, que parecen saludarlo desde el pasado.

Todos ellos, el abuelo, el hijo y la nieta,  en el mismo lugar, pero separados como siempre, serán marionetas de un destino que los reunirá por primera y última vez, pero demasiado tarde para restañar viejas heridas.

“Ha sido un error vivir, continuar viviendo es un error, mi vida fue un permanente error, nada me ha faltado y me sobró todo. Llegar a esta edad es un castigo, estar asilado en esta residencia, una condena por todos los delitos de afecto que cometí.”

Dos voces, dos mundos, dos encuentros

Hotel Paradiso es una historia en primera persona contada a dos voces. El anciano, un narrador a veces poco fiable, entre cuyas historias y reflexiones el lector deberá descubrir la verdad como un detective, y la nieta desconocida, joven, llena de planes e ilusión. El autor tiene la habilidad de crear dos discursos muy dispares, tanto en estilo como en tono y contenido: La decrepitud frente a la juventud; la ingenuidad frente a la amargura; la bondad frente a la desesperanza. Porque, parece decir el autor, es ese circo y esa literatura, como metáforas de la vida, lo único que redime del oficio de vivir.

¿Adónde habrán ido los cientos, quizá miles de libros que construyeron la empalizada de mi cultura, mi tejido celular de placeres impresos que hicieron que mi vida haya sido parecida a lo que quise entender que era la felicidad? Los he ido olvidando, la soledad está tejida con olvidos, muchos de ellos voluntarios, otros desgraciadamente producto de un capricho neuronal que va llenándonos de desmemoria la cabeza.”

Ramón Pernas ha escrito una bella novela crepuscular, reflexiva, inteligente, dolorida.  Es una novela que reflexiona sin clemencia sobre la vejez, y sobre el destino, ese destino caprichoso e implacable que juega con los mortales escamoteándoles la felicidad. Pero también es una novela que deja traslucir en todas sus páginas un gran amor por el circo que se traduce en un lenguaje  de imágenes bellísimas y llenas de nostalgia.

“Los zíngaros celebran las noches como la de hoy y bailan al son de mandolinas melancólicas tañendo la nostalgia de un país que es toda la Tierra, con una única bandera tejida con noches que en el centro tienen una divisa blanca y redonda, la que hoy luce en el cielo, la luna llena.”

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